miércoles, 26 de diciembre de 2012

La Bocana de Colán, entre las dunas y la soledad



 Crónica

La Bocana es un pueblito recóndito y solitario que pertenece a la comunidad de San Lucas de Colán, en Paita. Su historia se remonta a principios del siglo XX, aunque recién ha sido reconocida como centro poblado menor hace 4 años. Este pueblo, de aproximadamente 115 familias, es el término del gran valle del Chira.

 


10:00 a.m. Después de una hora y media de viaje desde Piura hasta Pueblo Nuevo de Colán, distrito de Paita y valle fértil del Chira, solamente en mototaxis podemos llegar a la Bocana, ese pueblo solitario y recóndito que está a dos minutos del mar. Antes de llegar pasé durante 15 minutos por sembríos de maíz, camote, coco y plátano, que se deslizan entre canalillos secos y una trocha que se bifurca por todo lado. 

A simple vista, la soledad infunde cierto temor. Sus extensas calles de arena y casas de material noble, quincha y adobe, reforzadas con techos de madera, calamina o triplay para menguar el frío, están acompañadas por el silbido fuerte de la brisa del mar y el trepidar de los vehículos de alguna de las empresas explotadoras de petróleo que operan en esa zona: Savia Perú y Olympic. 

 
¿Por qué La Bocana? Los pueblerinos me comentan que a poco más de un kilómetro del pueblo se puede apreciar en todo su esplendor la desembocadura del río Chira en el océano Pacífico. Para ellos, ese es su destino turístico más importante. Su historia, según relatan, se remonta a los primeros años del siglo XX, cuando pobladores de Sechura, Catacaos y Paita llegaron a la zona para trabajar en las haciendas. “Se enamoraban y se quedaban por acá”, explica doña Mercedes Ruiz Paiva, de 65 años. La mayoría de los primeros pobladores fueron pescadores de tollo, lisa y chita; además de ser ganaderos y agricultores. “Aquí termina el valle del Chira”, dice don Félix Fiestas Herna, antiguo presidente de la junta directiva y carpintero de 60 años, quien afirma que en el pueblo habitan más de 600 personas y los apellidos más antiguos son los Ramos, Aguilar y Fiestas. 



En La Bocana hay muchas emisoras radiales, de las que se escucha algún pasillo o sanjuanito antes de emitir comunicados: reuniones de su comité de madres, avisos de trabajo, muerte, urgencias, etc. Y es que, si bien parece un pueblo fantasma a menos de un kilómetro del mar, se puede oír de vez en cuando el ritmo de la cumbia que sale de alguna casa. Y solo cumbia, pues rara vez escuchas el ritmos extranjeros. 



En muchas casas de La Bocana las familias tienen sus corrales para los burros, las vacas, las gallinas o los patos. Desde hace un año tienen luz y agua potable, si bien aún está en proyecto todo el sistema de alcantarillado. Lo bueno, para todos, es que cada dos o tres días pasa una cisterna regando agua por todas las calles, pues “si no la arena nos tapa las casas”, dice entre risas don Félix.



La Bocana ya tiene acceso a la televisión por cable, teléfonos celular (Movistar y Claro). Si no se oye el ladrido de algún perro (casi siempre andan adormitados), o el rebuznar de algún burro, o el canto de algún gallo, la cantilena de algún carpintero entre sus armoniza los días, siempre tan desolados, salvo los tiempos de feria, baile y alegría cuando celebran el 7 de noviembre su aniversario. Los carpinteros son los románticos, como los guardianes del pueblo: pasan todo el día en sus talleres escuchando radio y forjando la madera.  
                                               
                  
Al pasar el mediodía, el sol se torna más fuerte. En esos momentos aparecen grupos de niños de tres a siete años: risueños, movedizos y gritones. Llevan consigo juguetes variados: botellas vacías de gaseosa, muñecas sucias, cartones con chucherías, carritos y tractores de plástico, y andan de aquí para allá en busca de cosas imaginarías, guiados por los encantos de la curiosidad y el impulso. Airosos, contentísimos hacen hurras y celebran al verse reflejados en la pantalla de una cámara fotográfica, así de simple.
 
Sin embargo, los adolescentes son tranquilos, pausados, algo retraídos en las puertas de sus casas, como si la soledad del pueblo estuviese puesta en ellos y deben salir de ese lugar para trabajar en la ciudad o en la agricultura o donde sea.

Lo que más se ve en La Bocana son niños y mujeres. Las ancianas suelen vestirse con pantis oscuros y vestidos de tela, y a muchas se les ve regordetas. Todas tienen una mirada inquisitiva a los foráneos, pero algunas señoras joviales hablan con amabilidad, como justificando la frase que se lee a la entrada de la Pueblo Nuevo de Colán: “Tierra de gente generosa”. Por otro lado, varones se ven pocos. Según comenta el carpintero Félix Fiestas, la mayoría de hombres trabajan en Olimpic Perú o en Savia, empresas que explotan petróleo en esta zona costera. Los pocos que se quedan en el pueblo son carpinteros, mototaxistas o pescadores eventuales. 


Aprecio a La Bocana de Colán como un pueblito lejano, muy remoto, pero a dos horas de Piura. Sus pobladores dicen que, si bien las empresas que trabajan en esta zona van de aquí para allá con sus vehículos (Olympic construyó en el 2007 la plaza y un parque, y Savia dirige un grupo de cuarenta mujeres que tejen a croché), poco a poco aparecen los cambios: las casas tradicionales de quincha o adobones son mejoradas por el cemento y el ladrillo, los burros por las mototaxis, los celulares, la tv por cable, las radiolas, las emisoras, la variedad de productos en su tiendas…La gente, como dice don Félix, es la misma que aún cree en las brujerías y en la magia de los curanderos, en las utopías, en la inocencia de sus jóvenes, el delirio de los amor entre los tragos de chicha y cerveza…La Bocana me parece un pueblito mítico, que no quiere ser olvidado, quién sabe, tanto como Macondo.

                                                                                                                Piura, diciembre del 2012.

 

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