Crónica
La Bocana es un pueblito
recóndito y solitario que pertenece a la comunidad de San Lucas de Colán, en
Paita. Su historia se remonta a principios del siglo XX, aunque recién ha sido
reconocida como centro poblado menor hace 4 años. Este pueblo, de aproximadamente
115 familias, es el término del gran valle del Chira.
A simple vista, la soledad infunde cierto temor. Sus extensas calles de
arena y casas de material noble, quincha y adobe, reforzadas con techos de
madera, calamina o triplay para menguar el frío, están acompañadas por el
silbido fuerte de la brisa del mar y el trepidar de los vehículos de alguna de
las empresas explotadoras de petróleo que operan en esa zona: Savia Perú y
Olympic.
¿Por qué La Bocana? Los pueblerinos me comentan que a poco más de un kilómetro del pueblo se puede apreciar en todo su esplendor la desembocadura del río Chira en el océano Pacífico. Para ellos, ese es su destino turístico más importante. Su historia, según relatan, se remonta a los primeros años del siglo XX, cuando pobladores de Sechura, Catacaos y Paita llegaron a la zona para trabajar en las haciendas. “Se enamoraban y se quedaban por acá”, explica doña Mercedes Ruiz Paiva, de 65 años. La mayoría de los primeros pobladores fueron pescadores de tollo, lisa y chita; además de ser ganaderos y agricultores. “Aquí termina el valle del Chira”, dice don Félix Fiestas Herna, antiguo presidente de la junta directiva y carpintero de 60 años, quien afirma que en el pueblo habitan más de 600 personas y los apellidos más antiguos son los Ramos, Aguilar y Fiestas.
En muchas casas de La Bocana
las familias tienen sus corrales para los burros, las vacas, las gallinas o los
patos. Desde hace un año tienen luz y agua potable, si bien aún está en
proyecto todo el sistema de alcantarillado. Lo bueno, para todos, es que cada
dos o tres días pasa una cisterna regando agua por todas las calles, pues “si
no la arena nos tapa las casas”, dice entre risas don Félix.
La Bocana ya tiene acceso a la
televisión por cable, teléfonos celular (Movistar y Claro). Si no se oye el ladrido
de algún perro (casi siempre andan adormitados), o el rebuznar de algún burro, o
el canto de algún gallo, la cantilena de algún carpintero entre sus armoniza los
días, siempre tan desolados, salvo los tiempos de feria, baile y alegría cuando
celebran el 7 de noviembre su aniversario. Los carpinteros son los románticos,
como los guardianes del pueblo: pasan todo el día en sus talleres escuchando
radio y forjando la madera.
Al pasar el mediodía, el sol
se torna más fuerte. En esos momentos aparecen grupos de niños de tres a siete
años: risueños, movedizos y gritones. Llevan consigo juguetes variados:
botellas vacías de gaseosa, muñecas sucias, cartones con chucherías, carritos y
tractores de plástico, y andan de aquí para allá en busca de cosas imaginarías,
guiados por los encantos de la curiosidad y el impulso. Airosos, contentísimos
hacen hurras y celebran al verse reflejados en la pantalla de una cámara
fotográfica, así de simple.
Sin embargo, los adolescentes
son tranquilos, pausados, algo retraídos en las puertas de sus casas, como si
la soledad del pueblo estuviese puesta en ellos y deben salir de ese lugar para
trabajar en la ciudad o en la agricultura o donde sea.
Piura, diciembre del 2012.
esta información me fue de mucha ayuda gracias.
ResponderEliminarNo creo que lo hubiese podido describir mejor que tu. Una excelente ayuda
ResponderEliminarUna crónica del distrito de colan
ResponderEliminar